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    Los Capuchinos somos la rama más joven de los franciscanos, remontándonos a 1525…

Nueva tierra de justicia

Ese día, los cielos desaparecerán estrepitosamente, los elementos serán desintegrados por el fuego, y la tierra, con todo lo que hay en ella, será consumida… Pero nosotros, de acuerdo con la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habitará la justicia. 2 Pedro 3:10, 13

Fundamentalistas y sectarios de estricta observancia añoran el día inminente cuando choque la tierra con algún trozo de cachureo interplanetario provocando un gran incendio para acabar con todo. Sus fantasías de venganza se verán realizadas. Ellos serán milagrosamente llevados a un lugar más allá del arco iris algunos días antes. Tienen un sitio web donde dejan mensajes odiosos para familiares y conocidos que se quedan aquí para perecer en la destrucción.

Esa es su versión de la Segunda Venida: un masacre generalizado ocasionado por un dios rabioso y cruel. Según ellos, la consciencia ecológica no tiene sentido. Mejor gastar todo, porque pronto se acaba. No es buena noticia, al menos, para los que no pertenecen a su religión.
Hablando en serio, es altamente probable que alguna vez, el planeta llegue a chocar con algún asteroide. Se supone que eso pasó hace 65 millones de años, que así acabó el reinado de los dinosaurios, abriendo paso a los mamíferos, entre ellos, el hombre.

No habrá ninguna nave espacial para llevarse a los elegidos. La justicia de Dios es parejo, y su misericordia, también. El quiere que todos se salven. Este mundo es finito. Sin embargo, cielos nuevos y tierras nuevas son la esperanza concreta de reyes e indigentes, sin excepción.
La gente va a creer lo que quiere. A algunos, les gusta pensar que Dios legitima sus sentimientos vengativos. Les gusta sentirse los favorecidos, porque da validez a la corrupción y al favoritismo en el más acá. Está en su derecho, libertad religiosa y nada que hacerle.

El problema es que la religión de los preferidos que Dios predestinó acarrea consecuencias graves para los demás. A veces, se trata de una convicción más ideológica que religiosa. El soberbio está convencido de que se merece su predominio, y que debe, además, defenderlo. No se trata de una conspiración, sino de una opción errada que provoca daño colateral.

El relativismo radical del supermercado de las creencias afirma que la fe es cosa de cada uno. Pues, no. Quien crea que su hermano esté irrevocablemente condenado por Dios, también lo va a maltratar. Las víctimas de esa religión son los que, según su antropología, carecen de valor y dignidad, lo que quiere decir, los que no pertenecen a su exclusivo club de los preferidos.
Los favoritos, elegidos y predestinados suelen catalogar a los demás. Descalifican a los que no son como ellos, a los que no son de su agrado, a los que desafían su hegemonía. Juzgan, según su criterio vengativo, colocando a la gente inocente en frascos con etiquetas categóricas. La misericordia no existe. Sus pronunciamientos son caprichosos, definitivos y despiadados, como un pequeño adelanto del juicio final. Dificultan el desafío de vivir en paz con un mundo complejo y diverso para todos. A partir de su religión, estamos a un paso de guerras, invasiones, torturas, abortos y campos de concentración. Los elegidos hacen lo que quieren con los condenados.

Cada uno puede creer lo que quiera, pero los discípulos del Cristo gritarán en el desierto para defender al desposeído, al marginado y al extranjero. No se merece el mal trato que este mundo le brinda. Vendrá otro tiempo cuando sea tratado con justicia, cuando sea juzgado, no por las apariencias, ni por las etiquetas, ni por los comentarios, sino por sus obras y con compasión. Hay esperanza para todos, y en especial, para aquellos que quedaron fuera ahora.

Nathan Stone

Pasteleros, ¿a sus pasteles?


Estén atentos, porque no saben cuándo llegará el momento.  Marcos 13:33

Platón escribió su obra quinientos años antes que San Marcos, sin embargo, lamento constatar que sus filosofías influyen más sobre el mundo moderno que el evangelio.  Platón es teórico, perfeccionista y divide nuestra simple humanidad en cuerpo y alma.  Extrañamente, muchos creen que Jesús enseñó esas ideas y que están en la Biblia. Por eso, las toman como parte de su religión.  Pero no es así.  Es platonismo puro, compañero, perfección sin compasión. 

Platón escribió diálogos, en las cuales diferentes personajes debaten temas con Sócrates, bajo el pretexto de que juntos, van a descubrir la verdad.  Lo obvio es que Platón cree haber descubierto su verdad ya, y usa los diálogos para difundirla, creando, además, la ilusión de participar en la búsqueda y hallazgo de la tal certeza perfecta e inmutable. 

Su obra maestra se llama La República.  En realidad, está mal traducido.  Debe llamarse El Estado, o bien, La Política.  El subtítulo nos asegura que trata sobre la bondad y la justicia.  Pero si uno lee un poco, va a encontrar que el título más apropiado sería algo como La política represiva del estado totalitario y despiadado: una redefinición de la justicia.

Los modernos asociamos las repúblicas con la superación de monarquías despóticas mediante la introducción de la democracia.  La república que propone Platón es una monarquía despótica.  Los iluminadísimos filósofos-reyes deben (según él) imponer su versión de la bondad sobre todo el pueblo, por la razón o la fuerza.   Más frecuentemente, es por la fuerza.  Crea un estado militarizado, con tres clases sociales: el filósofo-rey, los soldados y los demás. 

Los demás tenemos que olvidarnos de querer alguna vez participar en el proyecto social del bien común.  El estado, mandado por el rey iluminado, es por definición, perfecto.  Por ende, cualquier sugerencia, propuesta o novedad se entiende como un atentado a la consagrada perfección.   Los soldados llevan detenidos a los innovadores.  Y quedan vaporizados.

La justicia, entonces, según Platón, consiste en que cada uno atienda exclusivamente a lo suyo, sin meterse en cosas ajenas.  Los zapateros deben hacer zapatos, comer y callar.  Los panaderos deben hacer pan, y no preguntas.  De ahí, el dicho,pasteleros, a sus pasteles, (que no está en la Biblia, por si acaso).  La justicia platonista no es solidaria.  Si los niños se mueren de hambre en África, es problema de ellos.  No hay que vivir atentos, sino anestesiados.

La propuesta de especialización era revolucionaria en Atenas, donde el ideal consistía en que cada uno hiciera de todo para participar plenamente en un proyecto común.  Los modernos nos creemos muy democráticos, porque no tenemos reyes y votamos.  (Bueno, algunos votamos.)  Sin embargo, en el fondo, somos individualistas, cada pastelero preocupado de sus propios pasteles, sin mirar fuera del propio metro cuadrado.  El sueño de un mundo más justo es subversivo.  Guardas silencio, o pagas el precio.  Insistimos, a pesar de un macro-debacle económico, severos cambios climáticos y violencia globalizada, que todo está perfecto. 

El evangelio llama a estar atentos, a fijarse en lo que está sucediendo en cada rincón de esta aldea global. Los discípulos de Jesús vigilan los signos de los tiempos.  No es para meterse en asuntos ajenos, sino para asumir la responsabilidad por el conjunto. Nadie sabe cuándo el Padre celestial va a pedir la rendición de cuentas.  Más urgente, cuando menos se espera, llega el momento preciso para ejercer la compasión solidaria con el hermano necesitado, así demostrando que somos herederos del Reino, y no solamente pasteleros de La República.

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