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    Los Capuchinos somos la rama más joven de los franciscanos, remontándonos a 1525…

San Serafín de Montegranario

En esta festividad de Nuestra Señora de Aparecida, y de la Virgen del Pilar, patrona de la hispanidad, entre otros santos y beatos la Iglesia celebra también la vida de este humilde capuchino.

Félix era natural de Montegranario, Italia. Nació en 1540. Su padre, un modesto albañil, tuvo que sacar adelante cuatro hijos. Serafín fue el segundo y sufrió durante años la penuria económica de la familia y el trato despótico y violento de su hermano mayor, Silencio, que se cebó en él cuando quedaron huérfanos. Una jovencita, Lisa, fue su particular «ángel protector». Trajo con ella el aire diáfano del ideal religioso leyéndole vidas de santos. Fue el detonante de preguntas hondas que se formuló por vez primera: “–«¿Y qué hemos de hacer para salvarnos? Creo que lo mejor para mí será retirarme a un desierto y hacer vida de penitencia». Con la lucidez que brota de la inocencia evangélica, Lisa respondió: –«¿Para qué quieres un desierto? Vete a vivir con los capuchinos, y serás santo». Serafín supo de la existencia de estos religiosos y de la vida que llevaban a través del relato que hizo ella. En esa época ya se estaba labrando esa santidad que deslumbraría a las gentes en medio de la compleja relación con su hermano, la dureza de su trabajo como peón de albañil, portando en sus espaldas un peso desproporcionado, y sufriendo las chanzas de otros compañeros. Su alma transparente era una simbiosis de ofrenda y sacrificio.

A los 18 años se fue al convento de Loro-Piceno, consciente de sus muchas deficiencias humanas: distraído, lento, descuidado, olvidadizo, torpe... Pero tenía lo esencial, como revelan las humildes palabras que dirigió al portero que le abrió la puerta: –«Padre, yo no sé leer ni escribir; no sé más que rezar y amar a Dios». Hizo el noviciado en Jesi y mostró la autenticidad de su vocación. Le veían orar durante horas ante el sagrario, tenía verdadero espíritu penitencial, y fraguaba su acontecer con ayuno y mortificaciones. Él mismo diseñó cilicios para las severas disciplinas que se aplicó, llevado de su convencimiento de que eran un bien para su alma. Cuando un superior le invitó a moderarlos en beneficio de su salud, respondió: –«¡Vaya una cosa! Si yo muero, habrá un pecador menos en el mundo». Durante cuarenta años sufrió desprecios y humillaciones dentro y fuera del convento, curtiéndose en la virtud de la paciencia. Y consiguió aceptar sus debilidades. Fue un maestro de la caridad. Respondía bondadosamente cuando era objeto de mofa: «muy bien, muy bien. Tú me conoces mejor que nadie. Así hay que tratar a los pecadores como yo. Dios te lo pague, santito mío, Dios te lo pague».

Al final, y viendo que no respondía en las misiones que se le encomendaron, fue destinado a la limosna. Pero este religioso, que no se distinguió precisamente por su eficiencia, como era un santo fue bendecido con diversos dones y experiencias místicas (éxtasis, visiones y don de milagros). Tenía el don de llegar a las gentes que conducía a Dios. Amaba profundamente a la Virgen y difundió su devoción en los demás. Era fidelísimo a la vivencia evangélica; jamás cometió voluntariamente un pecado venial, ni consintió en su entorno componendas al respecto. Sentía profunda piedad por los enfermos y moribundos. Y cuando hizo milagros, llevado por su humildad, trató de ocultarlos. Aceptaba sus limitaciones lleno de mansedumbre: «No poseo nada; tengo solamente este crucifijo y el rosario, pero con ellos, si Dios me ayuda, serviré de ayuda a los hermanos, y me haré santo». Con la penetración que da la auténtica vida espiritual mostraba su crucifijo de latón para recordar a los predicadores que en él se halla la clave de todo: «Este es el verdadero libro que conviene estudiar para hacer predicaciones provechosas a los pueblos».

Era feliz con su pobreza. Poseía un manto raído que una vez tuvo que reemplazar temporalmente, sustituyéndolo por uno nuevo por indicación de un superior que quiso probar su obediencia. Ese día soportó con gozo las chanzas de quienes, acostumbrados a su humilde sayal, se sorprendieron al verle pedir limosna por las calles de Ascoli con inusual «elegancia». Abrumado por la gente que le reclamaba por su fama de milagrero, (que se había hecho manifiesta no solo con las personas sino también con animales a los que amansaba), añoraba la soledad y el silencio. Sus superiores le prohibieron realizar prodigios. Como no estaba en su mano evitarlos, pedía discreción a los agraciados: «Vete, y quédate calladito, calladito, santito, porque no he sido yo, sino que ha sido Cristo y tu fe las que te han curado».

Toda su trayectoria pone de manifiesto que estaba en las antípodas de la inmadurez espiritual. Refleja la grandeza de un alma penitente, entregada, desprendida, desasida de sí. Ello se percibe también en sus constantes destinos; fue un religioso que pasó por muchos conventos. A nadie negó el bien que pudo hacer, comenzando por infundir a los que acudían a él en masa la confianza en Dios y en su divina providencia. Se le reveló la hora de su muerte y esperó gozoso el momento. Llevaba sesenta y cuatro años llenos de trabajos y severas penitencias. Alegre y lúcidamente cándido, como siempre había sido, respondía a la pregunta de sus hermanos que se interesaban por su salud: «Muy bien; pronto me voy al cielo».

A principios de octubre de 1604 enfermó, y sólo se levantó el día 12 de ese mes, horas antes de morir. Previamente, tuvo la gracia de ayudar en misa, comulgar y hasta pedir limosna. Tanto es así, que pensando que se repondría demoraron en administrarle los sacramentos. Pero él sabía que estaba a las puertas del cielo, y suplicó: «dadme a mi Dios, traedme a mi Jesús. Antes de la noche voy a morir». Y así fue. Clemente XIII lo canonizó el 16 de julio de 1767.

Beata María Magdalena Martinengo


Natural de Brescia, Italia, donde vio la luz en 1687, la vida de esta aristócrata –era condesa– rebate la idea de que la fragilidad está reñida con la fortaleza, argumento insostenible cuando Dios está por medio. Fue una de las más grandes ascetas que se conocen, rayando sus penitencias, si pudiera expresarse así, en lo supra-heroico. Y eso que nació con una naturaleza tan frágil que nadie pensó que iba a sobrevivir. Menos aún cuando su madre, la condesa de Secchi de Aragón, no logró hacerlo; sucumbió tras el parto. Tal era la gravedad de la niña que hasta fue bautizada con urgencia temiendo que no pudiera recibir este sacramento. Durante varios meses Francisco Leopardo Martinengo, conde de Barco, feliz por acoger a la niña en una familia que contaba ya con dos varones,y siendo viudo, vivió con zozobra por la salud de la pequeña que estuvo más cerca de la muerte que de la vida.Después, Margarita, que ese fue su nombre de pila, creció atada a los médicos. Su porte distinguido, suma de genes y de la clase privilegiada a la que pertenecía, le jugó una mala pasada a la edad de 5 años. Y es que una vez se sintió admirada por las numerosas personas que se hallaban en su palacio cuando desfiló ataviada con un espléndido vestido. Este hecho sin relevancia para otras personas, no lo fue para ella; quiso purgar su desliz vanidoso toda la vida. También reconoció su afición por lecturas que no le hacían ningún bien.
El día de su Primera Comunión, en el que tanto soñó porque anhelaba recibir a Cristo, había pasado por la angustia de ver cómo la Sagrada Forma se caía al suelo. De ese momento, que debió dejarle una huella indeleble, le quedó una impresión que solía aparecer cada vez que iba a recibirla: «un frío mortal invadía no solo su alma, sino también todo su cuerpo». A los 13 años consagró privadamente su virginidad. A los 18 años era una joven hermosa, elegante, y muy inteligente que había sido educada por una ursulina. Completó su formación en el monasterio de Santa María de los Ángeles donde residían dos tías suyas. Entonces iba ascendiendo la escala de los místicos, llevada por un amor de tal envergadura que todo se le hacía poco para purificar las debilidades que apreciaba en sí misma, lo cual le provocaba gran aflicción. Con sus antecedentes y apariencia nadie podía imaginar que desde hacía tiempo se mortificaba con disciplinas, ayunos, cilicios y todo lo que se le ocurría para asemejarse más a Cristo Redentor. Llevaba una vida de intensa piedad. Era generosísima, socorría a los pobres, y estaba seducida por la vida de los santos que leía. Pero su padre no pensó ni por asomo que esa hija, a la que protegía en extremo, le plantearía su ingreso en el convento. Cuando lo hizo, ideó todas las formas posibles para disuadirla. En su empeño le ayudaron los hermanos y hasta las tías de Margarita. Consideraban que, en todo caso, le convendría un buen matrimonio. ¿Cómo podría sobrevivir en un monasterio alguien que tenía tan mala salud? Estos eran sus argumentos. Pero Margarita se empeñó y libró una lucha sin cuartel, de la que salió vencedora.
En 1705, a sus 18 años, ingresó se integró en la comunidad de capuchinas de Brescia, no tanto por elección propia, ya que habría pensado en otro Instituto, como por considerar que abrazándose a ese carisma cumplía la voluntad de Dios. Y ahí se inició su particular calvario, que duró treinta años. Le dieron el nombre de Magdalena. Y tanto la superiora como la maestra de novicias y hasta la última de las religiosas la maltrataron, como hoy se diría, psicológicamente, no solo con humillaciones, sino sembrando por doquier recelos y desconfianzas hacia ella. Alguna pensó, y así lo manifestó, que su presencia en el convento hundiría a la Orden; siempre el juicio humano en las antípodas del divino. El día de la convocatoria en la que todas debían manifestar su juicio respecto a su permanencia en el convento, se suponía que el resultado de la votación secreta sería su expulsión. Sin embargo, la unanimidad para que se quedase entre ellas fue inequívoca. Al parecer, en el momento de manifestar su juicio muchas se sintieron íntimamente movidas a modificar el voto negativo en el que inicialmente pensaron.
Mientras, Margarita continuó con su vida de penitencia, siempre in crescendo, ante el asombro de confesores, quienes tampoco la comprendían, y el desprecio y toda clase de agravios de la abadesa y del resto de las hermanas. Fue cocinera, portera, y más adelante maestra de novicias en tres ocasiones. Ella misma, y aunque no lo deseaba, fue elegida abadesa. Sus mortificaciones severísimas respondían a su ferviente petición de que Cristo no le ahorrase ningún suplicio. Y junto a tantos instantes cotidianos en los que debía vencerse, añadía otras mortificaciones para no vivir ni un minuto sin padecer por Él. Sufrió acuciantes tentaciones. Tal fue su angustia en algunos momentos que llegó a rozar el paroxismo en su desesperación: «casi deseaba matarme para ir más pronto al infierno». Pasó por encima de las falsas acusaciones y la soledad a la que fue condenada temporalmente impidiéndole comentar asuntos espirituales con las novicias. Lo superó todo con la gracia divina; salía fortalecida en las tribulaciones. Resumía su anhelo de sufrir por Cristo, diciendo: «Si no hubiera tenido las penas corporales para refrigerar o calmar el ardor del amor a Dios, me hubiera sido imposible soportarlo». Vivía siempre con heroica caridad, fiel al carisma franciscano. Fue agraciada con numerosos bienes espirituales y dones diversos. Al final, contando ya con el amor de sus hermanas, y rodeada de ellas, murió el 27 de julio de 1737. León XIII la beatificó el 3 de junio de 1900.

Beata María Ángela Astorch


Hoy Isabel Orellana Vilches nos propone conocer mejor la vida de una clarisa española con gracias místicas, la beata María Ángela Astorch.



Esta religiosa clarisa española cuya existencia discurrió entre Barcelona, Zaragoza y Murcia estuvo agraciada con singulares favores místicos. Nació el 1 de septiembre de 1592 en Barcelona, en el seno de una familia acomodada, pero creció sin la presencia y tutela de sus virtuosos padres que perdió prematuramente. Arropada por su aya que la colmó de cariño, Ángela (Jerónima de nombre de pila) no experimentó añoranzas por la ternura de sus progenitores que prácticamente no llegó a saborear. Era una niña alegre y espontánea a la que llevada de esos descuidos propios de la infancia hacia los siete años estuvo a punto de morir por haber ingerido almendras verdes. Atribuyó su curación a la Virgen María y a la intercesión de la Madre Ángela Serafina, fundadora de las capuchinas. El hecho supuso un punto de inflexión en su vida; marcó el límite de su infancia y le abrió el camino hacia otra etapa de madurez. Siempre al abrigo de tutores fue formándose humana e intelectualmente. En la adolescencia su prodigiosa memoria comenzó a llamar la atención de los preceptores. Familiarizada con los libros –su padre había estado vinculado al gremio de los libreros y seguramente le habría legado una selecta biblioteca–, tuvo en la lectura una de sus aficiones predilectas, y de manera especial, los textos latinos.

Al final del estío de 1603 ingresó en el convento de las capuchinas de Barcelona donde le había precedido su hermana mayor, Isabel, una de las primeras integrantes del mismo que acababa de constituirse como tal en febrero de ese mismo año. Allí se curtió en la oración y la mortificación, atenta a los rasgos de virtud que apreciaba a su alrededor, bajo la dirección espiritual de un sacerdote aragonés que tenía detrás una importante experiencia eremítica. A su lado comenzó a familiarizarse con la oración y la contemplación. En su trayectoria espiritual encontró ásperos momentos caracterizados por las humillaciones y maltrato concreto de una religiosa atrapada por sus celos que hubiera querido asemejarse a la beata en su delicadeza, elegancia, cualidades para el canto y su gran formación, además de los gestos de virtud que veía en ella.

Todo desaire sirvió a Ángela para crecer en caridad y humildad máxime cuando era consciente del antagonismo que existía entre ambas, sentimiento que le ocasionaba gran aflicción. En un momento dado, por indicación de su confesor se vio privada de los textos latinos bíblicos y litúrgicos que llevó consigo al convento, añadiendo la prohibición de tenerlos como soporte en su día a día, así como de entonar versículos fuera del coro cuando realizaba las labores que tenía encomendadas. Y eso que el breviario era el sustento de su intensísima y singular vida mística: «Me acontece muchas veces que, cantando los salmos, me comunica su Majestad, por efectos interiores, lo propio que voy cantando, de modo que puedo decir con verdad que canto los efectos interiores de mi espíritu y no la composición y versos de los salmos». Como maestra de novicias tampoco se libró del retintín con que algunas de ellas acogían sus enseñanzas. Con oración y penitencia superó todas las tentaciones, incluida la de integrarse en otra Orden donde tuviera libertad para hacer su voluntad: orar y leer textos de espiritualidad. Y creció exponencialmente en su amor a Dios de manera admirable.

En 1614 se trasladó a Zaragoza formando parte de la primera comunidad que se establecía allí. Y siguió formando a las religiosas con sabiduría y virtud. En 1626 fue designada abadesa, y en 1645 puso en marcha la fundación de Murcia. Desde 1620 comenzó a percibir gracias sobrenaturales que no cesaron. Por su sorprendente dominio de la sagrada Escritura, así como de la Patrística, fue sometida a examen en Zaragoza por cinco expertos y en Murcia por un deán y un canónigo impresionados de su capacidad para señalar con exactitud los lugares donde se hallaban las citas escriturarias en lengua latina que le plantearon. A lo largo de su vida saboreó las numerosas gracias místicas que recibió –de las que se sentía indigna y que no pudo impedir aunque le ordenaron que las evitara–, y se afligió en las «ausencias» divinas. Ha sido denominada «mística del breviario».

Fue particularmente devota del Sagrado Corazón de Jesús al que se ofrecía como reparación de las ofensas que recibe, y amó profundamente a la Iglesia. Tuvo como consigna de vida «callar y sufrir, y llevar el peso que las cosas de gobierno traen consigo, como sierva de la casa de Dios». Siendo abadesa consiguió que las religiosas pudieran recibir la comunión diariamente. Actuó de forma admirable en la epidemia de 1648 y en la inundación de 1651 que arrasó por completo el convento. En 1654 regresó junto con el resto de la comunidad, y seis años más tarde comenzó su declive físico con una merma tal de sus facultades mentales que le llevó a renunciar a su cargo; las recuperó en noviembre de 1665 tras un ataque de hemiplejía. Falleció con fama de santidad el 2 de diciembre de ese mismo año. Juan Pablo II la beatificó el 23 de mayo de 1982.

San Lorenzo de Brindis



BENEDICTO XVI

Catequesis sobre San Lorenzo de Brindis
Aula Pablo VI – Miércoles, 23 marzo 2011


Una especial alegría que compartimos: catequesis del Papa sobre san Lorenzo de Brindis

Hoy, miércoles 23 de marzo, en la primera catequesis que da el Papa después de sus Ejercicios Espirituales hechos en la primera semana de Cuaresma, ha hablado del Doctor de la Iglesia San Lorenzo de Brindis. Un gozo par-ticular para nosotros, capuchinos. Leámosle y asimilemos lo que nos dice.
Ya había anunciado, al final de los Ejercicios, que se-guiría hablando de los doctores de la Iglesia

Noticia introductoria

El Papa acaba de hacer sus Ejercicios espirituales, entre otras cosas como preparación para la Beatificación de su antecesor Juan Pablo II (1 mayo próximo). Así los ha enfocado el carmelita, profesor del Theresianum, P. Fran-cois-Marie Léthel.
En verdad que ha sido una forma original de enfocar los Ejercicios, que esperamos ver un día publicados. El tema escogido suena así: “La luz de Cristo en el corazón de la Iglesia – Juan Pablo II y la teología de los santos”.

“Después de que el Papa me pidió predicar estos ejercicios espirituales, me recogí en oración y me resultó clara la orienta-ción que debía dar a las meditaciones: una preparación espiritual a la beatificación de Juan Pablo II, que tendrá lugar el 1 de mayo, domingo de la Octava de Pascua, fiesta de la Divina Misericordia, inicio del mes mariano y también fiesta de san José obrero", revela el predicador.

"Estoy convencido de que es un acontecimiento de un alcance inmenso para la Iglesia y para el mundo, que exige una profunda preparación espiritual por parte de todo el pueblo de Dios, y de manera ejemplar por parte del Santo Padre y de sus colaboradores más cercanos", explica en una entrevista concedida a la edición italiana de "L'Osservatore Romano" del 17 de marzo.

"La beatificación de Juan Pablo II es como la coronación de su extraordinario pontificado precisamente bajo el signo de la santidad. Para desarrollar el tema, he escogido un icono de la co-munión de los santos: un cuadro del beato fray Angélico, que re-presenta a los santos y los ángeles en el cielo, que se dan la mano, y forman una especie de corro. Los santos se dan y nos dan la mano para guiarnos por el camino de la santidad".

"Este es el sentido de la conversión cuaresmal: comprometer-nos cada vez más entrando también nosotros en este 'corro de los santos'. El corro, guiado por el papa Karol Wojtyla, que da la ma-no a los dos santos que están más cerca de él: san Luis María Grignon de Monfort, que inspiró su 'Totus tuus', y santa Teresa de Lisieux, la única santa proclamada doctor de la Iglesia durante su pontificado".

Al recoger la herencia espiritual de Juan Pablo II, el padre Léthel considera que "está totalmente concentrada en su grandio-sa espiritualidad cristocéntrica y mariana".

Al final de los Ejercicios el Papa tuvo una alocuión en la capilla Redemptoris Mater a todos los aprticipantes. Y, entre otras cosas, dijo sobre el tema y estilo de esos Ejercicios.

“Gracias a usted, Padre Léthel, por su guía segura, por la riqueza espiritual que nos ha dado. Los Santos: usted nos los ha mostrado como “estrellas” en el firmamento de la historia y, con su entusiasmo y su alegría, usted nos ha metido en el círculo de estos santos y nos ha mostrado que los Santos “pequeños” son los Santos “grandes”. Nos ha mostrado que la scientia fidei y la scientia amoris van jun-tas y se complementan, que la razón grande y el gran amor van juntos, incluso que el gran amor ve más que la razón sola”.

Y escribió una carta al mismo padre guía de estas meditaciones:
“Con este planteamiento, usted se ha ajustado muy bien al programa de catequesis desarrollado por mí estos años durante las Audiencias Generales, con el propósito de conocer mejor y amar a la Iglesia, así como esta se muestra en la vida, en las obras y en las enseñanzas de los Santos: a partir de los Apóstoles y a través del gran grupo formado por los Padres y por los otros escritores antiguos, por los teólogos y por los místicos de la edad medieval, especial-mente el nutrido grupo de mujeres, hasta llegar a la serie de Doctores de la Iglesia, que estoy a punto de terminar. Esta línea de reflexión y de contemplación sobre el misterio de Cristo reflejado, por decir de alguna manera, en la existencia de sus más fieles imitadores, constituye un elemento fundamental que heredé del Papa Juan Pablo II y que he continuado con plena convicción y con gran alegr-ía”.

El P. Léthel es un especialista en la Teología de los Santos.



Referencias para mejor entender la catequesis del Papa sobre san Lorenzo


Lo que dice el Papa a toda la Iglesia sobre nuestros hermano san Lorenzo de Brindis es algo que los capuchi-nos lo aprendimos ya en nuestros años de estudio, pero es muy hermoso recordarlo y volverlo a escuchar con palabras de tal autoridad.

1. Hemos de saber que el Papa visitó Brindis (15 junio 2008). Hablando en la catedral dijo recordando a los san-tos de Brindis: “Entre los santos evangelizadores, pienso en san Leucio, obispo, san Oroncio, san Teodoro de Ama-sea y san Lorenzo de Brindisi, proclamado doctor de la Iglesia por el Papa Juan XXIII. La presencia de estos san-tos sigue viva en el corazón de la gente y la testimonian muchos monumentos de la ciudad”.

2. Este discurso o catequesis, aparte de transmitir el contenido de la vida y mensaje del santo doctor, está di-namizado por dos mensajes, que son urgencias primarias en el hoy de la Iglesia:
-La nueva evangelización, que nos involucra a to-dos;
-Y el nuevo amor a la Palabra de Dios escrita y la familiaridad que debemos establecer con ella.
Y está presidido por una preocupación mayor:
- nuestra unión a Cristo, que se debe fomentar con el ejercicio asiduo de la oración.

3. Los temas diversos los destacamos al editar lo que es una alocución continua, haciendo entrantes y divisiones en el texto, para que así desmenuzado, lo podamos asimilar mejor.

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Queridos hermanos y hermanas,

VIDA DE SAN LORENZO DE BRINDIS

Recuerdo aún con alegría la acogida festiva que se me reservó en 2008 en Brindisi, la ciudad que en 1559 vio nacer a un insigne doctor de la Iglesia, san Lorenzo de Brindisi, nombre que Giulio Cesare Rossi asumió al entrar en la Orden de los Capuchinos.

Desde la infancia fue atraído por la familia de san Francisco de Asís. De hecho, huérfano de padre a los siete años, fue confiado por la madre a los cuidados de los frai-les Conventuales de su ciudad.

Algunos años después, sin embargo, se trasladó con su madre a Venecia, y precisamente en el Véneto conoció a los Capuchinos, que en aquella época se habían puesto generosamente al servicio de toda la Iglesia, para incre-mentar la gran reforma espiritual promovida por el Conci-lio de Trento. En 1575 Lorenzo, con la profesión religiosa, se convirtió en fraile capuchino, y en 1582 fue ordenado sacerdote. Ya durante los estudios eclesiásticos mostró las eminentes cualidades intelectuales de las que había sido dotado. Aprendió fácilmente las lenguas antiguas, entre ellas el griego, el hebreo y el sirio, y las modernas como el francés y el alemán, que se unían al conocimiento de la lengua italiana y al de la latina, que en esa época se habla-ba con fluidez entre los eclesiásticos y los hombres de cultura.


RASGOS DE SU PERSONA Y ESPIRITUALIDAD


El hombre culto e intelectual al servicio de la fe

Gracias al dominio de muchos idiomas, Lorenzo pudo llevar a cabo un intenso apostolado hacia diversas catego-rías de personas. Predicador eficaz, conocía de modo pro-fundo no sólo la Biblia, sino también la literatura rabínica, que los propios Rabinos se quedaban asombrados y admi-rados, manifestándole estima y respeto.
Teólogo versado en la Sagrada Escritura y en los Pa-dres de la Iglesia, era capaz de ilustrar de modo ejemplar la doctrina católica también a los cristianos que, sobre todo en Alemania, se habían adherido a la Reforma. Con su exposición clara y tranquila, mostraba el fundamento bíblico y patrístico de todos los artículos de fe puestos en discusión por Martín Lutero.
Entre estos,
-la primacía de san Pedro y de sus sucesores,
-el origen divino del Episcopado,
-la justificación como transformación interior del hombre,
-la necesidad de las obras buenas para la salva-ción.

El éxito que gozó Lorenzo nos ayuda a comprender que también hoy, llevando hacia adelante el diálogo ecuménico con tanta esperanza y la confrontación con las Sagradas Escrituras, leídas según la Tradición de la Iglesia, constituyen un elemento irrenunciable y de fundamental importancia, como he querido recordar en la Exhortación Apostólica Verbum Domini (n.46).

San Lorenzo y los fieles sencillos

También los fieles más sencillos, no dotados de gran cultura, se beneficiaron de las palabras convincentes de Lorenzo, que se dirigía a la gente humilde para exhortar a todos a la coherencia de la propia vida con la fe profesada. Esto fue un gran mérito de los Capuchinos y de otras órdenes religiosas, que en los siglos XVI y XVII, contri-buyeron a la renovación de la vida cristiana penetrando en profundidad en la sociedad con su testimonio de vida y sus enseñanzas.

También hoy, la nueva evangelización necesita apóstoles bien preparados, con celo y valientes, para que la luz y la belleza del Evangelio prevalezcan sobre las tendencias culturales del relativismo ético y de la indi-ferencia religiosa, y transformen los distintos modos de pensar y de actuar en un auténtico humanismo cristiano.


Es sorprendente que san Lorenzo de Brindisi pudiera desarrollar ininterrumpidamente esta actividad de aprecia-do e infatigable predicador en muchas ciudades de Italia y en distintos países, no obstante realizara encargos impor-tantes y de gran responsabilidad. Dentro de la Orden de los Capuchinos, de hecho, fue profesor de teología, maes-tro de novicios, muchas veces ministro provincial y conse-jero general y, finalmente ministro general del 1602 al 1605.

Vida espiritual: la santa Misa

En medio de tantos trabajos, Lorenzo cultivó una vida espiritual de fervor excepcional, dedicando mucho tiempo a la oración y de modo especial a la celebración de la Santa Misa, que a menudo conllevaba horas, entendiendo y conmoviéndose con el memorial de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.
En la escuela de los santos, todo presbítero, como a menudo se ha subrayado durante el reciente Año Sacerdo-tal, puede evitar el peligro del activismo, de actuar, es decir, olvidando las motivaciones profundas del ministe-rio, solamente si cuida su propia vida interior. Hablando a los sacerdotes y a los seminaristas en la catedral de Brin-disi, ciudad natal de san Lorenzo, he recordado que

“el momento de la oración es el más importante en la vida del sacerdote, es en el que actúa con más eficacia la gracia divina, fecundando su ministerio.
• Rezar es el primer servicio que hay que ofrecer a la comunidad.
• Y por esto, los momentos de oración deben te-ner en nuestra vida una verdadera prioridad..
• Si no estamos interiormente en comunión con Dios, no podemos dar nada a los demás. Por esto Dios es la primera prioridad.
• Debemos reservar siempre el tiempo necesario para estar en comunión de oración con nuestro Señor”.
Por lo demás, con el ardor inconfundible de su estilo, Lo-renzo exhorta a todos, no sólo a los sacerdotes, a cultivar la vida de oración porque por medio de esta nosotros hablamos a Dios y Dios nos habla a nosotros:

“¡Oh, si tuviésemos en cuenta esta realidad! -exclama- Es decir que Dios está de verdad presente ante nosotros cuando le hablamos rezando; que escucha verdaderamente nuestra oración, aunque si solo rezamos con el corazón y con la mente. Y no sólo está presente y nos escucha, sino que puede y desea contes-tar voluntariamente y con máximo placer nuestras preguntas”.

Al servicio de la paz

Otro detalle que caracteriza la obra de este hijo de San Francisco es su actuación por la paz. Sea los Sumos Pontí-fices que los príncipes católicos le confiaron repetidamente importantes misiones diplomáticas para dirimir contro-versias y favorecer la concordia entre los Estados Europe-os, amenazados en aquel tiempo por el Imperio otomano. La autoridad moral que tenía lo hacía ser considerado con-sejero solicitado y escuchado.

Hoy, como en los tiempos de San Lorenzo, el mundo tiene necesidad de hombres y mujeres pacíficos y pacifi-cadores. Todos los que creen en Dios deben ser siempre fuentes y constructores de paz.

Fue en ocasión de una de estas misiones diplomáticas cuando Lorenzo terminó su vida terrena, en 1619 en Lis-boa, donde había ido a encontrarse con el rey de España, Felipe III, para defender la causa de sus súbditos napolita-nos acosados por las autoridades locales.

Doctor Apostolicus –Mariale

Fue canonizado en 1881 y, con motivo de su vigorosa e intensa actividad, de su amplia y armoniosa ciencia, me-reció el título de Doctor apostolicus, “Doctor apostólico”, de parte del Beato Papa Juan XXIII en 1959, con ocasión del cuarto centenario de su nacimiento. Tal reconocimiento fue concedido a Lorenzo de Brindisi, también, porque fue autor de numerosas obras de exégesis bíblica, de teología y de escritos destinados a la predicación. En estos ofrece una exposición sistemática de la historia de la salvación, centrada en el misterio de la Encarnación, la más grande manifestación del amor divino por los hombres.


Además, siendo un mariólogo de gran valor, autor de un compendio de sermones sobre Nuestra Señora llamado “Mariale”, pone en evidencia el papel único de la Virgen María, de la que afirma con claridad la Inmaculada Con-cepción y la cooperación en la obra de redención cumpli-da en Cristo.


La acción del Espíritu Santo en nosotros

Con fina sensibilidad teológica, Lorenzo de Brindisi también puso de relieve la acción del Espíritu Santo en la existencia del creyente, Nos recuerda que con sus dones, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, ilumina y ayuda en nuestro compromiso de vivir con alegría el mensaje del Evangelio.
“El Espíritu Santo -escribe San Lorenzo- vuelve dulce el yugo de la ley divina y ligero su peso, de ma-nera que sigamos los mandamientos de Dios con gran facilidad, incluso con complacencia”.

La Sagrada Escritura y el momento actual

Toda su actividad inspirada por la Sagrada Escritura
Quisiera completar esta breve presentación de la vida y de la doctrina de San Lorenzo de Brindisi, destacando que toda su actividad fue inspirada por un gran amor a las Sa-gradas Escrituras, que sabía ampliamente de memoria, y por la convicción de que la escucha y la acogida de la Pa-labra de Dios produce una transformación interior que nos conduce a la santidad.

“La Palabra del Señor -afirmó- es luz del inte-lecto y fuego para la voluntad, para que el hombre pueda conocer y amar a Dios. Para el hombre inter-ior, que por medio de la gracia vive del Espíritu Santo, es pan y agua, pero pan dulce como la miel y agua mejor que el vino y la leche... Es un martillo contra un corazón duramente obstinado en los vi-cios. Es una espada contra la carne, el mundo y el demonio, para destruir todo pecado”.

Lo que nos enseña a nosotros
sobre la Sagrada Escritura

San Lorenzo de Brindisi nos enseña
-a amar las Sagradas Escrituras,
-a crecer en la familiaridad con ella,
-a cultivar cotidianamente la relación de amistad con el Señor en la oración,
-para que todas nuestras acciones, toda nuestra actividad tenga en Él su co-mienzo y su cumplimento.

Esta es la fuente a la que acudir para que nuestro testimo-nio cristiano sea luminoso y sea capaz de conducir a los hombres de nuestro tiempo hasta Dios.


Puebla, 23 marzo 2011

Fr. Rufino María Grández

José de Leonessa Santo Capuchino


Eufranio nace el 8 de enero de 1556 – en Leonessa en Umbria, Italia.
Muere el 4 de febrero de 1612.
San José de Leonessa – Capuchino –Misionero -Santo
San José de Leonessa, capuchino, que predicó la fe entre los turcos de Constantinopla, sufriendo incontables tormentos. Predicó el Evangelio de Jesucristo al Sultan Murad II. Desterrado del territorio musulmán, volvió a Italia, muriendo en Amatrice, diócesis de Rieti, 1612. A la edad de dieciocho años hizo su profesión como fraile capuchino en su ciudad natal, y tomó el nombre de José, en lugar de Eufranio, su nombre de pila. Era humilde, obediente y mortificado en grado heroico, y tres días a la semana no tomaba otro sustento que pan y agua. Generalmente predicaba con un crucifijo en la mano, y el fuego de sus palabras inflamaba el corazón de sus oyentes. En 1587 fue enviado a Turquía como misionero entre los cristianos de Pera, suburbio de Constantinopla. Allí animaba y servía a 4000 esclavos por quienes varias veces ofreció su vida por su rescate con maravillosa devoción, especialmente durante una peste maligna, de la cual se contagió, aunque después recobró la salud. Convirtió a muchos apóstatas, y se expuso al rigor de la ley turca cuando predicaba la fe a los musulmanes. José fue encarcelado dos veces, y la segunda vez lo condenaron a cruel muerte. San José murió felizmente el 4 de febrero de 1612, a la edad de 56 años.
José de Leonessa fue beatificado por Clemente XII en 1737.
Canonizado por Benedicto XIV en 1746.
De la vida del Santo Capuchino.
Líbreme Dios de gloriarme si no es en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo (Gal 6,14)
“La Eucaristía, memorial de la pasión lo llevaba a la cruz. Recogemos una oración suya que expresa y manifiesta su tensión espiritual hacia Cristo Crucificado: “¡Oh Cruz santísima! Transfórmanos todo en ti. Las raíces se prodigan a los pies, las ramas a los brazos y la cumbre a la cabeza. Y porque nosotros todos somos cruces, clava nuestros pies para que estemos siempre junto a ti, ata nuestras manos para que no hagamos sino lo que tú quieres, ábrenos el costado e hiérenos el pecho llenando nuestro corazón de tu amor; haz que nuestros ojos no vean a nadie más que a ti, que nuestros oídos sólo a ti te oigan y nuestro olfato solamente a ti te huela. ¡Oh Cruz! reposa ahora en nosotros como antes reposaste en Cristo. Haz que tengamos sed de ti como Cristo tuvo sed de nosotros. Humildemente nos acogemos a aquél que pendió de ti y en ti se acogió al Padre Eterno. ¡Oh Cruz dulce! ¡Oh Cruz amable!: sed ahora nuestra defensa y también nuestro descanso”.
Tomado de: El Señor me dio hermanos, Biografías de Santos, Beatos y Venerables Capuchinos, Tomo I, p 111. Conferencia Ibérica de Capuchinos., Sevilla 1993)

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