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    Los Capuchinos somos la rama más joven de los franciscanos, remontándonos a 1525…

30 de enero, día de la No-Violencia


Este día se conmemora la muerte del líder nacional y espiritual de la India, el Mahatma Gandhi, el 30 de Enero de 1948, asesinado a tiros por un fanático hinduista. Gandhi nació en Porbandar, India, en 1869, y tras graduarse en derecho en Inglaterra, se instaló en África del sur y luchó allí contra la discriminación de que eran objeto los indios. Al volver a la India organizó la resistencia no violenta (su filosofía, de base religiosa, tenía por principio fundamental la no violencia) contra el colonialismo y la no cooperación con la administración inglesa. Trató de frenar los choques entre hindúes y musulmanes que se produjeron tras la independencia en agosto de 1947. Encarcelado en numerosas ocasiones, era en 1937 el líder de un movimiento independentista capaz de movilizar o detener a millones de indios.

También celebramos el Día Escolar de la No-violencia y la Paz (DENIP) fue declarado por primera vez en 1964. Surge de una iniciativa pionera, no gubernamental, independiente, y voluntaria de Educación Noviolenta y Pacificadora del profesor español Llorenç Vidal. Su objetivo es la educación en y para la tolerancia, la solidaridad, la concordia, el respeto a los Derechos Humanos, la no-violencia y la paz.

Las trampas de la solidaridad

La solidaridad es un ámbito donde aparece lo mejor del ser humano, pero donde también aparecen nuestras mayores trampas. La persona es un ser con capacidad de solidarizarse y con infinita capacidad de autoengaño. La solidaridad es uno de los ámbitos donde el ser humano se hace más trampas.

La solidaridad, a la vez que toca las teclas más bellas de la condición humana, roza las fibras en las que su ambivalencia se hace más palpable: vanidad, auto imagen, protagonismo, narcisismo, interés egoísta, erótica de la superioridad… ¿Cuáles son la motivaciones de la solidaridad?¿Cuáles las expectativas?

Muchas veces ocupa un lugar predominante nuestra necesidad de sentirnos valorados y de vernos buenos. No existe un ejercicio puro de solidaridad gratuita y generosa. La tensión entre la gratuidad y el propio interés es propia de nuestra contradictoria condición humana. Si somos conscientes de ello, podemos aprender a aceptarla y valorarla.

Nos hacemos trampas al sentirnos buenos, porque ese sentimiento nos separa de los demás, nos hace sentirnos por encima del resto: nos hace sentirnos superiores a los que ayudamos y nos hace sentirnos también superiores a los que nos rodean, que parece que no hacen nada ni ven nada del sufrimiento de los otros.

Pero la realidad no es así, la razón de nuestra solidaridad pierde su sentido real y en nuestro sentimiento de superioridad está el pago de nuestra grandeza. Además, muchas veces lo que hacemos ni siquiera es un acto de generosidad, sino de mínima justicia.

Poder dar gratis, incondicionalmente, acercarnos al dolor del otro, está unido al amor y a la bondad del corazón, capaz de acoger el sufrimiento. En el Evangelio Dios nos da la fuerza y la fuente del amor. Desde ahí, la posibilidad de acoger y solidarizarnos para aliviar el sufrimiento de los otros no es mérito nuestro, sino un gran regalo. Acercándonos al amor incondicional de Dios, llegamos a ser capaces de asumir nuestra existencia: podemos recibir todo lo que nos toca como un don y entregarnos de la misma manera a los que nos son confiados.

Espiritualidad franciscana

La espiritualidad franciscana es netamente solidaria, porque todos somos hermanos y todo lo que ocurre al hermano me afecta y me importa. El hermano no puede decir a su hermano: “no me importas” o “no sé quién eres”, porque todos, todos somos hermanos. De aquí brota la solidaridad. Pero nos ocurre, como ocurría a los primeros hermanos, que nuestras motivaciones no siempre son limpias. Detrás de las cosas más sagradas que hacemos, existen a menudo móviles ruines, pobres, egoístas. El Hno. Francisco se dio cuenta pronto de esto y en los avisos que Francisco hace a sus hermanos les advierte de esas trampas, de la necesidad de un corazón limpio, sin atajos, sin buscarse a sí mismo. Se nos dan los hermanos, no para lucirnos nosotros, sino para amarlos.

Economía Fraterna


La “Economía Fraterna” es una nueva forma de relacionarse con el mundo y, al mismo tiempo, un anuncio profético. Es mucho más que un simple sistema de contabilidad o de compartir fraternalmente los recursos de la casa. Sus cinco principios son una crítica profética al sistema corriente que muchos de nosotros han aceptado como el único sistema posible:

La participación asegura que todos aquellos que están en ella interesados estén comprometidos en las decisiones más signifi cativas que se tomen. Es éste un elemento importante contra la manipulación y el secreto de las informaciones.

La equidad no exige que cada uno tenga las mismas cosas, sino que cada uno tenga el derecho a lo que se necesita para llevar una vida digna. En una forma en la que se reconocen las diferencias personales y culturales. Y es rechazo a valorar las personas con el metro de lo que yo poseo.

La transparencia garantiza la honestidad, la responsabilidad y los criterios éticos en las transacciones. Constituye una fuerte crítica a la corrupción, a la deshonestidad y a la manipulación en los diferentes niveles de la sociedad.


La solidaridad critica y se contrapone a la voluntad de provecho que concentra la riqueza en las manos de pocos y actúa como motor de la “economía de mercado”. La solidaridad se basa en la experiencia de san Francisco de que lo que nosotros poseemos viene de Dios y que la única cosa que es verdaderamente nuestra es nuestro pecado. (Rnb XVII,7 y 17).


La austeridad no es exactamente sólo la opción personal de un estilo de vida sencillo sino que es también una opción comunitaria contra todo lo que destruye las relaciones con Dios y con nuestros hermanos y hermanas. Es un valor fraterno fundamental que preserva los demás valores de la vida franciscana. Es una manera de rechazar un sistema que funciona con crear constantemente nuevos deseos para poder vender más. Sin la “auto-limitación” de la austeridad, la solidaridad se convierte en objeto de ofensa y de destrucción.


Carta de Porto Alegre / Marzo 2006 / OFMCap

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