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    Los Capuchinos somos la rama más joven de los franciscanos, remontándonos a 1525…

Si Francisco de Asís viviera hoy en América Latina


Si Francisco de Asís viviera hoy en América Latina, viviría franciscanamente, claro, y latinoamericanamente también; pero de modo diversificado, según viviese en Brasil o en México, Colombia, El Salvador o en Bolivia.

Porque América Latina, aun siendo una realidad común -«un continente creyente y oprimido», como dicen nuestros teólogos- no deja de ser plural.

De todos modos, viviría como un indio o como un favelado o como un oprimido cualquiera de nuestro pueblo. Sería pobre, pero de verdad. No haría apenas «opción preferencial por los pobres». Porque quien opta por los pobres, es que no es pobre.

Y quien opta preferencialmente por los pobres… qué sé yo, es un decir, se queda también, aunque sea menos preferencialmente, con los ricos (nuestra santa Madre Iglesia ha sabido hacer esto muy bien durante siglos, dicho sea con perdón de todos los que somos Iglesia). Sería un agente de pastoral, para poder anunciar más eclesialmente la Palabra. Porque Francisco era muy eclesial. Hoy posiblemente sería menos «eclesiástico”.

Se llevaría muy bien, sin duda, con las comunidades cristianas populares. Y sentiría que son ellas las que están restaurando nuestra vieja Iglesia, más o menos en ruinas…

Estaría apasionadamente a favor de la justicia y de la paz. Creo que viviría más politizado -cada época tiene su carisma-, porque no es posible que Francisco de Asís no asumiese Medellín y el grito de los pobres de la tierra latinoamericana y ese vendaval de Espíritu y de sangre que sacude nuestro continente.

Creo que se angustiaría hasta la muerte -posiblemente sería mártir hoy Francisco de Asís, si viviera en América Latina- viendo tanta violencia, crónicamente institucionalizada, que destroza las almas y los cuerpos de poblaciones y naciones enteras.

Sería, ¿cómo no?, un exiliado o un torturado o un desaparecido.

Sería evangélicamente antinorteamericano -con perdón de todos los norteamericanos pueblo, sobre todo de los norteamericanos que son franciscanos por añadidura-; porque me temo que el Sultán de Estados Unidos no lo escucharía con el mismo respeto con que el Sultán sarraceno lo escuchó.


Posiblemente iría hasta Roma, de grumete en un navío, para recordarle al Papa la intolerable atrocidad de las masacres de El Salvador y Guatemala, mucho más intolerables que los conflictos de Beagle o las Malvinas y más que la dura situación de la Polonia papal. De paso, intentaría convencer al Papa de que la revolución sandinista es mucho más cristiana que todos los gobiernos democristianos o las católicas repúblicas del continente que no tienen ningún conflicto diplomático con la Santa Sede Vaticana.

Conminaría a las multinacionales y sus productos químicos y radioactivos y a todos los procesos suicidas que destrozan florestas y contaminan las vidas y los ríos y el aire y la luz de las estrellas.

Asís era una ciudad luminosamente humana: alma, piedra y paisaje. Y Francisco la bendijo, antes de morir, como se bendice el vientre de una madre. ¡Pobre Francisco queriendo bendecir, impotente, las monstruosas aglomeraciones de Sâo Paulo o México, o Buenos Aires..,!

Tampoco consigo entender cómo se las habría Francisco para amansar a los humanos (?) lobos de la represión, sueltos a millares por nuestro continente. ¡Qué dulce el lobo de Gubbio junto a esos lobos!

Francisco sería, aquí también, un trovador popular, de guitarra en bandolera, cantando indígenamente el dolor y la esperanza de toda esta Patria Grande, nuestra Indio-Afro-América. La cultura y la religión populares serían su cultura y su religión, pero con mucho aliento de revolución y de teología de la liberación en el fondo del alma y en la exultante boca.

Francisco amaría fraternalmente a muchas Claras latinoamericanas -religiosas y seglares- que viven consagradas al servicio del Reino con una despojada dedicación.

Sé que sentiría delante de ciertas cruzadas contra el comunismo, la misma cristiana decepción que sintió ante las cruzadas contra Mahoma. Porque ni las unas ni las otras combaten limpiamente por el Reino, con la cruz, para la liberación de los pobres. Siendo así que los pobres valen infinitamente más que el santo sepulcro y que los lucros del capital.


¿Fundaría Francisco una familia religiosa, hoy, en América Latina, después de lo que él sabe ahora de las Ordenes y Congregaciones? En todo caso, a su familia religiosa y a las otras familias religiosas y a todos los cristianos nos recordaría que el Evangelio ha de ser entendido «sin glosas» (pero esto nos lo recordaría inútilmente…).

Sería aún más contemplador, si es posible ser más contemplador de lo que fue aquel seráfico contemplativo. Porque la contemplación es tanto más urgente y vital cuanto mayor es la lucha por la justicia. Porque la verdadera revolución cristiana solamente se hace a fuerza de mucha oración. Porque América, con todo el Tercer Mundo, es un continente esencialmente contemplativo.

Para terminar, creo que Francisco estaría muy de acuerdo -aun ruborizándose un poco, si es que hay rubor en la Gloria- con el maravilloso libro que nuestro perseguido teólogo franciscano, Leonardo Boff, acaba de publicar sobre «El vigor y la ternura» en San Francisco.

Concilium decía, en un número reciente, que cada uno tiene «su» Francisco, en la mente y en el corazón. Este Francisco de Asís que yo acabo de suponer hoy en América Latina es «mi» Francisco de Asís, evidentemente. Todos los otros posibles Franciscos me merecen el mayor respeto.


Alabado sea mi Señor porque un día nos dio esta criatura humana criatura llamada Francisco y porque todavía hoy nos da esta inquieta voluntad de ser también nosotros latinoamericanamente franciscanos.

Pedro Casaldáliga

Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2015


MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES 2015

Solemnidad de Pentecostés



Queridos hermanos y hermanas:
La Jornada Mundial de las Misiones 2015 tiene lugar en el contexto del Año de la Vida Consagrada, y recibe de ello un estímulo para la oración y la reflexión. De hecho, si todo bautizado está llamado a dar testimonio del Señor Jesús proclamando la fe que ha recibido como un don, esto es particularmente válido para la persona consagrada, porque entre la vida consagrada y la misiónsubsiste un fuerte vínculo. El seguimiento de Jesús, que ha dado lugar a la aparición de la vida consagrada en la Iglesia, responde a la llamada a tomar la cruz e ir tras él, a imitar su dedicación al Padre y sus gestos de servicio y de amor, a perder la vida para encontrarla. Y dado que toda la existencia de Cristo tiene un carácter misionero, los hombres y las mujeres que le siguen más de cerca asumen plenamente este mismo carácter.

La dimensión misionera, al pertenecer a la naturaleza misma de la Iglesia, es también intrínseca a toda forma de vida consagrada, y no puede ser descuidada sin que deje un vacío que desfigure el carisma. La misión no es proselitismo o mera estrategia; la misión es parte de la “gramática” de la fe, es algo imprescindible para aquellos que escuchan la voz del Espíritu que susurra “ven” y “ve”. Quién sigue a Cristo se convierte necesariamente en misionero, y sabe que Jesús «camina con él, habla con él, respira con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 266).

La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, es una pasión por su pueblo. Cuando nos detenemos ante Jesús crucificado, reconocemos todo su amor que nos dignifica y nos sostiene; y en ese mismo momento percibimos que ese amor, que nace de su corazón traspasado, se extiende a todo el pueblo de Dios y a la humanidad entera. Así redescubrimos que él nos quiere tomar como instrumentos para llegar cada vez más cerca de su pueblo amado (cf. ibíd., 268) y de todos aquellos que lo buscan con corazón sincero. En el mandato de Jesús: “id” están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia. En ella todos están llamados a anunciar el Evangelio a través del testimonio de la vida; y de forma  especial se pide a los consagrados que escuchen la voz del Espíritu, que los llama a ir a las grandes periferias de la misión, entre las personas a las que aún no ha llegado el Evangelio.

El quincuagésimo aniversario del Decreto conciliar Ad gentes nos invita a releer y meditar este documento que suscitó un fuerte impulso misionero en los Institutos de Vida Consagrada. En las comunidades contemplativas retomó luz y elocuencia la figura de santa Teresa del Niño Jesús, patrona de las misiones, como inspiradora del vínculo íntimo de la vida contemplativa con la misión. Para muchas congregaciones religiosas de vida activa el anhelo misionero que surgió del Concilio Vaticano II se puso en marcha con una apertura extraordinaria a la misión ad gentes, a menudo acompañada por la acogida de hermanos y hermanas provenientes de tierras y culturas encontradas durante la evangelización, por lo que hoy en día se puede hablar de una interculturalidad generalizada en la vida consagrada. Precisamente por esta razón, es urgente volver a proponer el ideal de la misión en su centro: Jesucristo, y en su exigencia: la donación total de sí mismo a la proclamación del Evangelio. No puede haber ninguna concesión sobre esto: quién, por la gracia de Dios, recibe la misión, está llamado a vivir la misión. Para estas personas, el anuncio de Cristo, en las diversas periferias del mundo, se convierte en la manera de vivir el seguimiento de él y recompensa los muchos esfuerzos  y privaciones. Cualquier tendencia a desviarse de esta vocación, aunque sea acompañada por nobles motivos relacionados con la muchas necesidades pastorales, eclesiales o humanitarias, no está en consonancia con el llamamiento personal del Señor al servicio del Evangelio. En los Institutos misioneros los formadores están llamados tanto a indicar clara y honestamente esta perspectiva de vida y de acción como a actuar con autoridad en el discernimiento de las vocaciones misioneras auténticas. Me dirijo especialmente a los jóvenes, que siguen siendo capaces de dar testimonios valientes y de realizar hazañas generosas a veces contra corriente: no dejéis que os roben el sueño de una misión auténtica, de un seguimiento de Jesús que implique la donación total de sí mismo. En el secreto de vuestra conciencia, preguntaos cuál es la razón por la que habéis elegido la vida religiosa misionera y medid la disposición a aceptarla por lo que es: un don de amor al servicio del anuncio del Evangelio, recordando que, antes de ser una necesidad para aquellos que no lo conocen, el anuncio del Evangelio es una necesidad para los que aman al Maestro.

Hoy, la misión se enfrenta al reto de respetar la necesidad de todos los pueblos de partir de sus propias raíces y de salvaguardar los valores de las respectivas culturas. Se trata de conocer y respetar otras tradiciones y sistemas filosóficos, y reconocer a cada pueblo y cultura el derecho de hacerse ayudar por su propia tradición en la inteligencia del misterio de Dios y en la acogida del Evangelio de Jesús, que es luz para las culturas y fuerza transformadora de las mismas.

Dentro de esta compleja dinámica, nos preguntamos: “¿Quiénes son los destinatarios privilegiados del anuncio evangélico?” La respuesta es clara y la encontramos en el mismo Evangelio:  los pobres, los pequeños, los enfermos, aquellos que a menudo son despreciados y olvidados, aquellos que no tienen como pagarte (cf. Lc 14,13-14). La evangelización, dirigida preferentemente a ellos, es signo del Reino que Jesús ha venido a traer: «Existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 48). Esto debe estar claro especialmente para las personas que abrazan la vida consagrada misionera: con el voto de pobreza se escoge seguir a Cristo en esta preferencia suya, no ideológicamente, sino comoél, identificándose con los pobres, viviendo como ellos en la precariedad de la vida cotidiana y en la renuncia de todo poder para convertirse en hermanos y hermanas de los últimos, llevándoles el testimonio de la alegría del Evangelio y la expresión de la caridad de Dios.

Para vivir el testimonio cristiano y los signos del amor del Padre entre los pequeños y los pobres, las personas consagradas están llamadas a promover, en el servicio de la misión, la presencia de los fieles laicos. Ya  el Concilio Ecuménico Vaticano II afirmaba: «Los laicos cooperan a la obra de evangelización de la Iglesia y participan de su misión salvífica a la vez como testigos y como instrumentos vivos» (Ad gentes, 41). Es necesario que los misioneros consagrados se abran cada vez con mayor valentía a aquellos que están dispuestos a colaborar con ellos, aunque sea por un tiempo limitado, para una experiencia sobre el terreno. Son hermanos y hermanas que quieren compartir la vocación misionera inherente al Bautismo. Las casas y las estructuras de las misiones son lugares naturales para su acogida y su apoyo humano, espiritual y apostólico.

Las Instituciones y Obras misioneras de la Iglesia están totalmente al servicio de los que no conocen el Evangelio de Jesús. Para lograr eficazmente este objetivo, estas necesitan los carismas y el compromiso misionero de los consagrados, pero también, los consagrados, necesitan una estructura de servicio, expresión de la preocupación del Obispo de Roma para asegurar la koinonía, de forma que la colaboración y la sinergia sean una parte integral del testimonio misionero. Jesús ha puesto la unidad de los discípulos, como condición para que el mundo crea (cf. Jn 17,21). Esta convergencia no equivale a una sumisión jurídico-organizativa a organizaciones institucionales, o a una mortificación de la fantasía del Espíritu que suscita la diversidad, sino que significa dar más eficacia al mensaje del Evangelio y promover aquella unidad de propósito que es también  fruto del Espíritu.

La Obra Misionera del Sucesor de Pedro tiene un horizonte apostólico universal. Por ello también necesita de los múltiples carismas de la vida consagrada, para abordar al vasto horizonte de la evangelización y para poder garantizar una adecuada presencia en las fronteras y territorios alcanzados.

Queridos hermanos y hermanas, la pasión del misionero es el Evangelio. San Pablo podía afirmar: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Cor 9,16). El Evangelio es fuente de alegría, de liberación y de salvación para todos los hombres. La Iglesia es consciente de este don, por lo tanto, no se cansa de proclamar sin cesar a todos «lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos» (1 Jn 1,1). La misión de los servidores de la Palabra -obispos, sacerdotes, religiosos y laico- es la de poner a todos, sin excepción, en una relación personal con Cristo. En el inmenso campo de la acción misionera de la Iglesia, todo bautizado está llamado a vivir lo mejor posible su compromiso, según su situación personal. Una respuesta generosa a esta vocación universal la pueden ofrecer los consagrados y las consagradas, a través de una intensa vida de oración y de unión con el Señor y con su sacrificio redentor.

Mientras encomiendo a María, Madre de la Iglesia y modelo misionero, a todos aquellos que, ad gentes o en su propio territorio, en todos los estados de vida cooperan al  anuncio del Evangelio, os envío de todo corazón mi Bendición Apostólica.

Vaticano, 24 de mayo de 2015
Francisco

Laudato sii: Nueva encíclica del Papa Francisco sobre la ecología ya tiene título


VATICANO, 30 May. 15 / 04:35 pm (ACI/EWTN Noticias).- “Laudato sii” (Alabado seas) es el nombre de la próxima encíclica del Papa Francisco sobre la ecología y sería publicada a mediados de junio, dijo el director de la Librería Editrice Vaticana, Giuseppe Costa, durante la entrega del premio Cardenal Michele Giordano la tarde de este sábado en Nápoles (Italia).

“Son muchas editoriales en el extranjero que se han interesado ya por la publicación de la encíclica en sus países”, ha declarado el director de la editorial oficial del Vaticano, en declaraciones a la agencia SIR de la Conferencia Episcopal Italiana.

El título “Laudato sii” está tomado del Cántico de las Criaturas de San Francisco de Asís, el santo del que el Papa Francisco ha elegido llevar su nombre.

Como se recuerda, el Santo Padre se refirió a este documento durante el vuelo de regreso de Seúl a Roma, tras concluir su histórica visita a Corea del Sur en agosto de 2014.

En aquella ocasión dijo que sobre la encíclica ha conversado mucho con el Cardenal Peter Turkson, Presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz, quien se encarga de estos temas en el Vaticano.

"Sobre esta encíclica he hablado mucho con el Cardenal Turkson y también con otros. Le he pedido al Cardenal que reúna todas las contribuciones y ya las recibí. Una semana antes del viaje (a Corea), no, en realidad cuatro días antes me entregaron un primer borrador que es así de grande, diría un tercio más grande que la (exhortación apostólica) Evangelii Gaudium" que en su versión regular en español tiene 142 páginas, señaló en agosto de 2014.

El Santo Padre precisó que escribir una encíclica sobre ecología "no es algo sencillo porque, en relación a la protección de la creación y el estudio de la ecología humana, se puede hablar con cierta certeza hasta cierto punto pero luego aparecen las hipótesis científicas, algunas de las cuales son ciertas y otras no".

"En una encíclica como ésta eso debe ser magisterial. Debe estar basada solo en certezas, en cosas que son seguras. Si el Papa dice que el centro del universo es la tierra y no el sol, se equivocaría al decir algo científico que no es correcto. Eso también es verdad aquí".

Francisco explicó entonces que para todo "necesitamos hacer el estudio, para cada numeral, y creo que se irá haciendo más pequeña, pero yendo a la esencia eso es lo que podemos afirmar con certeza".

Ciertamente, concluyó el Pontífice, "se puede indicar en las notas que esto y esto son hipótesis, comentarlo como un dato informativo, pero no en el cuerpo de la encíclica que es doctrinal y que requiere ser cierto".

El Espíritu de la Verdad


¡Felices Pascuas!

Dios nos ha salvado y nos ha llamado a una vocación santa por la gracia que nos ha sido dada desde la eternidad en Jesucristo. Esta gracia se ha manifestado ahora en la aparición de nuestro salvador, Jesucristo, que ha destruido la muerte y ha hecho irradiar la vida y la inmortalidad mediante el anuncio del Evangelio. 2Tim 1, 9-10


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